Por Iliana Pichardo

Siempre lo odié. Se llamaba Miguel pero le gustaba que le dijeran Kenji. Lo primero que sentí cuando se aproximó por el pasillo fueron sus pisadas largas que me provocaron un escalofrío desde el cóccix hasta el cuello. Lo segundo fue su aliento a queso estacionado sobre el borde de mi cubículo. Al verme, sus cejas se levantaron con disgusto y yo le regalé un intento de sonrisa. Kenji era moreno cenizo con ojeras; al verlo pensé que daba toda la pinta de un magnate hindú. Se retiró con su andar lento por el pasillo haciendo sonar los tacones de sus zapatos. Así era Kenji, y a pesar de todo mi intento por abrir mi corazón, siempre lo odié.

Los martes yo solía asistir a las sesiones de meditación que mi Maestro impartía. A través de visualizaciones nos guiaba con el intento de abrir nuestros centros energéticos para lograr ver a todos los seres de la creación como uno sólo. Para esto había que ir limpiando nuestro karma con personas que resonáramos. Estaba segura de que debía empezar por mi madre; ella me detesta. No es que me lo diga de frente, pero lo huelo en cada cosa que hace;  me culpa por la huida de mi padre. Así que intenté visualizarla mientras me sentaba en posición de loto. Bueno, a decir verdad, no me es muy fácil hacer esa flexión con mis piernas, digamos que soy robusta. Mi nutrióloga dice que mi índice de masa corporal entra en el rango de obesidad, pero a mi no me gusta esa palabra, además, siguiendo las enseñanzas de mi Maestro, “somos lo que pensamos”, y yo prefiero definirme como una persona robusta. En fin, decía que intentaba visualizar a mi madre delante de mí, pero sobre su imagen se imponía la de Kenji. Una vez más intentaba evocar sus rasgos, cuando la cabeza de  Kenji se aparecía en el cuerpo de mi madre. Me pasé la sesión entera intentando desaparecerlo, pero no lo logré. Terminé exhausta y furiosa.

Uno pensaría que lo más fácil sería dejar de frecuentar a Kenji, pero siendo mi jefe, esa opción resultaba imposible. En una ocasión yo estaba dentro del elevador y cuando se abrió la puerta Kenji entró con sus piernas kilométricas. Le sonreí pero él ni siquiera volteó a verme. Subimos los nueve pisos en silencio. Por el espejo del elevador pude ver que sus nalgas llegaban a la altura de mis pechos. Al salir Kenji saludó a Mirna, la rubia de la oficina, y yo me fui a sentar a mi lugar.

En ese tiempo me esforcé por completar los diseños que me pedían. Pensé que sería buena idea proponer algo nuevo para la campaña de medios y desarrollé la presentación. Kenji me mandó llamar.

“¿Tú hiciste esto?” dijo sin mirarme.

“ Sí.”

“Te voy a pedir que te abstengas de tener iniciativas. Para eso tenemos al área de creativos,” así dijo.

Yo no contesté nada. Salí de su oficina  con la cabeza agachada y contuve el llanto hasta que llegué al baño; no pude evitar que las lágrimas y el fluido nasal humedecieran la manga de mi blusa.

El martes que asistí a la meditación hicimos el mismo ejercicio. Esta vez ni siquiera pude ver a mi madre, Kenji entró a ocupar el espacio en blanco de mi mente. Me solté a llorar. Era inútil. Esa noche decidí cambiar la imagen negativa que tenía de él  y me propuse imaginar un loto blanco delante de su cara.

Los compañeros del área acordaron comer en un restaurante de comida yucateca. Me dieron ganas de ir porque me encantan los panuchos y la sopa de lima, aunque estando ahí me arrepentí de haber ido. Las comidas con compañeros de trabajo me parecían patéticas, en realidad ninguno tenía algo en común con el otro, así que la plática giraba en torno al trabajo y a chistes internos de los cuáles yo no formaba parte. Estaba saboreando mi panucho cuando escuché los tacones de los zapatos de Kenji. Los compañeros se arrimaron para dejarlo en la cabecera. Intenté imaginar el loto blanco delante de su cara, pero en vez de paz sentí asco, y un profundo deseo por salir corriendo. Estaba por retirarme cuando Mirna, la rubia, dijo que, ya que todos los del área estábamos ahí, era buen momento para hacer la rifa del intercambio de Navidad. Me paralicé y comencé a sudar. No tuve opción, escribí mi nombre y doblé el papel en cuatro. Mirna pasó con la canasta de pan a recoger cada uno, después los agitó y, sonriendo, como si fuera la anunciadora de la lotería, nos repartió uno. Cuando desdoblé el papel que me había tocado vi escrito con pluma fuente: KENJI.


Esa noche no pude dormir. Acostada sobre mi cama imaginaba varias posibilidades. Una de ellas, la más fácil, era renunciar.
Simplemente no presentarme al día siguiente, esfumarme. Si alguien del trabajo llamaba buscándome mi madre les diría que estaba desaparecida, que tenía miedo de que me hubieran secuestrado o tal vez que me había fugado con un amante austriaco. La otra opción era ir a la cena navideña y en vez de entregarle a Kenji su regalo, estrellarle una botella de vino en la cabeza. Pero ninguna de estas opciones la sentía correcta. No podía creer que me hubiera tocado justo él. ¿Por qué Dios? ¿Por qué? Quizás “era por algo”, como decía mi Maestro, tal vez era mi karma y Kenji en otra vida había sido mi esclavo. A lo mejor yo había sido su amo y me había aprovechado de mi condición para acostarme con su mujer y después lo había golpeado. En esta vida se me estaba regresando y ahora se me presentaba la posibilidad de enmendarlo.

Al día siguiente fui al Wall-Mart a buscarle un regalo. Lo conocía muy poco pero intuí que un peluche siempre saca de aprietos. Encontré una jirafa con una felpa muy suave, además tenía una cara simpática; pensé que era un regalo apropiado.

Llegó el día de la cena, Mirna nos reservó un salón en un restaurante de comida brasileña. Pasaron varias rondas de carne y bebimos sin límite. Yo me sentía bien, me había comprado una blusa roja y tenía un nuevo corte de pelo, bueno, en realidad sólo me lo despunté pero estaba segura de que me veía más joven. Después de cenar se anunció el intercambio. Previendo que llegaría este momento, había bebido al grado de no estar tan nerviosa. Me regalaron un reloj de pared para la cocina; los números estaban hechos con frijoles. Por supuesto no me gustó, pero pensé que sería buen regalo para mi madre o una de mis tías. Entonces llegó mi turno. Saqué la jirafa que tenía escondida debajo de la mesa y se la entregué a Kenji. Tuvimos que darnos un abrazo, mi cabeza tocó su ombligo y sentí una descarga eléctrica como de 12000 voltz; todos aplaudieron. No me quedé para ver la reacción en la cara de Kenji, regresé corriendo a mi lugar.

Empezó la música y bailamos, yo también, no había razón para no hacerlo. Sólo paré cuando comencé a tener reflujo. Padezco de gastritis y una cena con vino y carne me mata. Así que regresé a la mesa y tomé agua. Para cuando Kenji se sentó junto a mí yo ya estaba casi sobria, él no. Comenzó a hablarme trastabillando, invadiendo mi espacio con su aliento a queso estacionado; tenía los labios secos y morados por el vino. Me dijo que yo era un enigma para él, que llevaba mucho tiempo intentando descifrarme pero que no tenía idea de quién era. También dijo que era soltero, y a pesar de ser muy alto, quería una novia chaparra. Me dijo que yo era chaparra, y gorda y que me vestía muy mal. Que me creía muy lista, pero que era una vaca tonta como todas…

“Llevo una hora insultándote y tú no me dices nada,” dijo Kenji al borde de la silla.

En ese momento voltee a ver mi reloj, en efecto, habían pasado cuarenta minutos.

“Ya es tarde, me tengo que ir,” fue lo que dije, mi madre me estaría esperando.

Recogí mis cosas. Salí a la calle y caminé por Avenida Insurgentes; la noche estaba ruidosa y fría. No podía creer que se me hubiera perdido el tiempo; mi mente por fin había descansado sobre un loto blanco, y lo había logrado sin esfuerzo.