“¿Se enteraron de que corrieron a Bobby del colegio?”, así dio la noticia Miguel, con esas palabras planas, mientras Rodrigo nos rellenaba las copas de vino tinto. Entonces, comenzaron a mencionar anécdotas: “¿Se acuerdan cuando regresamos del recreo y lo encontramos debajo de la mesa meciéndose como loco?”, dijo uno. “¿O cuando que llegó con un sombrero y una peluca?”, dijo otra. “¿O la vez que se asomó a la ventana a recitar un poema gritando?”, dijo mi esposa. Lo que yo recordaba de Bobby era la ocasión que entró al salón de clases vestido de negro y se posó con sus grandes hombros delante del pizarrón blanco y con un plumón verde escribió “La poesía ha muerto”.
No era fácil ser profesor en ese colegio. Todos eran hijos de padres con dinero y existía un código velado que era necesario cumplir. Una de las cosas necesarias era tener un buen auto y ser llevado, de preferencia, por un chofer. En mi caso, mi padre manejaba un Dart negro ´85 y lo había comprado con varios años de uso; tenía el detalle de que no estaba sellada correctamente la ventana del lado derecho y en temporada de lluvias el asiento trasero se inundaba y olía a humedad. Además, al cabo de unos años, empezó a tener explosiones por el escape y nos dejó parados un par de veces. Yo no podía darme el lujo de ser visto en tales circunstancias, por lo que me iba en cuclillas al pie del asiento trasero y pedía a papá que se detuviera una cuadra antes de la escuela para que llegara caminando.
Bobby hacía su entrada en una Combi ´57 de color beige y verde militar y se estacionaba con los autos del resto de los profesores. Descendía del asiento con sus mocasines cafés, un pantalón de pana, una camisa y su boina, ante la mirada de los alumnos -que sufrían con las corbatas desde las siete y media de la mañana- y la de los maestros que criticaban su aspecto y el de la combi. Por supuesto yo también lo criticaba, podía hacerlo porque nadie nunca me vio llegar en el Dart de mi padre, ni siquiera la que después sería mi esposa.
Bobby nos mostró la literatura. Solía caminar de un extremo al otro del salón, leyendo pasajes de autores que yo ni siquiera sabía que existían. Decía las palabras una a una como si las saboreara al momento mismo de decirlas. Y luego actuaba las historias que se inventaba y de a ratos tenía la atención del grupo entero en sus ojos profundos detrás de los anteojos. Bobby era un hombre asombroso, como no he vuelto a conocer otro. Tal vez el padre de mi padre tenía algo de esa locura y de esa fuerza, pero él era mecánico y yo creo que esa profesión no estimuló su creatividad.
En aquellos días se me metió en la cabeza que yo también deseaba ser poeta, mi familia se hubiera muerto, pero eso no hubiera sido tan grave como que mis compañeros del colegio se enteraran. Bobby sí lo supo, de hecho fue él quien me dijo que tenía potencial. Lo descubrió en un ensayo que nos dejó como asignatura; recuerdo que me puso 10 y como comentario dijo que era: “ un desahogo lírico feliz que me llenó de alegría leer”. Entonces, me compré un pequeño cuaderno y por las tardes me salía a la calle a escribir sobre cosas que me agitaban por dentro. No sabía qué iba a hacer cuando tuviera un libro terminado, pero ese momento tampoco llegó porque mi cuaderno, por un horrible descuido de mi parte, fue a parar a las manos de Gonzalo, un imbécil del salón. Por suerte me di cuenta a tiempo, pero tuve que darle todos mis ahorros con tal de que se quedara callado y yo creo que sí lo hizo porque nadie me molestó con ese asunto. Ahí murió la poesía para mí.
Para Bobby murió el día en que escribió con ese plumón verde sobre el pizarrón. Iba todo de negro y nos miraba en silencio. En
un punto sus ojos estaban sobre mí, recuerdo que sentí vergüenza. No supe por qué, era una sensación de angustia, como si algo importante estuviera sucediendo y yo lo dejara disolverse en mi ignorancia, como un tren que se detiene tres segundos en una estación y, si no te subes, lo pierdes para siempre, algo así.
Esa tarde que volví del colegio me enteré que Octavio Paz había muerto. Recuerdo que lloré. No fue por Paz (nunca lo había leído), sino por Bobby. Porque sentí que había perdido algo, algo importante, que al irse hubiera dejado un hueco muy profundo en su mundo. No podía saber qué era, pero tenía la sensación de estar viviendo su dolor, una especie de soledad compartida. Recordé cómo nos estuvo mirando en silencio en la clase, nos había dado a leer un cuento y no le importó que al poco tiempo nos pusiéramos a conversar. Él siguió callado mirándonos como sintiendo lástima por nosotros que, desde nuestras bancas de madera, seguíamos hablando y gritando, faltando el respeto al silencio mismo que nos pedía, tan sólo, que atendiéramos aquellas cosas que únicamente observando se pueden percibir. Y dejamos pasar un día como aquél sin darnos cuenta. Y por eso Bobby enmudeció ese día.
“¿Por qué lo corrieron?”, dijo mi esposa. “Porque un grupo de padres de familia se quejó de sus métodos raros de enseñanza”, contestó Miguel. Éramos diez alrededor de la mesa del comedor de la casa nueva de Rodrigo; todos se rieron. Esta vez no pude reírme. Ningún alumno intervino para evitar su despido. Entonces, recordé que hacía unos meses mi chofer detuvo el auto en un semáforo y observé por la ventana la figura de un hombre como Bobby, comiendo una torta en un puesto de la calle. Abrí la ventana para saludarlo, pero después me arrepentí. Estaba por cerrarla cuando vi que sus ojos profundos me miraban. Sentí vergüenza como si algo importante estuviera sucediendo y yo, en mi ignorancia, lo estuviera dejando ir en un tren que no me esperaría. Subí el vidrio y el auto se puso en marcha.
No quise comentar esta anécdota con mis compañeros del colegio. Ellos siguieron conversando y riendo; también mi esposa que ni siquiera notó el cambio en mi estado de ánimo. Yo, que suelo hablar sin parar, esa noche enmudecí ¿Sabes? Hubiera dado todo lo que tengo por atreverme a meter debajo de la mesa del comedor, ante la mirada de mi esposa y mis compañeros del Colegio, y dejarme mecer como un loco. Eso me hubiera gustado.
